Hacer que casi todo te importe un carajo te hará una persona más feliz.

Actualizado: ene 10



Creo que todos hemos pasado por etapas en las que todo nos importa demasiado, quitándonos energía, tranquilidad y seguridad en nosotros mismo, por lo que es fundamental aprender a que la mayoría de las cosas nos importen una mi*rda.

Todos, hasta los comerciales en la televisión, quieren hacerte creer que la clave para una buena vida es un trabajo mejor, un coche más vistoso, una pareja más guapa o un gran patio con alberca para los niños. El mundo está de manera constante metiéndote en la cabeza que el camino para una vida mejor es más, más y más: comprar más, poseer más, hacer más y ser más. Te hallas permanentemente bombardeado, todo el tiempo, con mensajes de que todo debe importarte.


Debe importarte poseer una nueva televisión. Debe importarte tener mejores vacaciones que las de tus compañeros de trabajo. Debe importarte comprar esa nueva decoración para tu casa ¿Por qué? Mi opinión es que, mientras más cosas te importan, los negocios ganan más. Si bien es cierto que no hay nada malo en hacer negocios, el problema es que si todo te importa mucho, es malo para tu salud mental.


Lo anterior origina que te vuelvas demasiado apegado a lo superficial y a lo falso, que dediques tu vida a perseguir un espejismo de felicidad y satisfacción. La clave para una buena vida no es que te importen muchas cosas; es que importen menos, para que en realidad te importe lo que es verdadero, inmediato y trascendente.


El círculo vicioso del sobreanálisis


Hay una peculiaridad insidiosa de tu cerebro que, si la dejas, puede volverte loco por completo. Dime si esto te suena familiar:


Te pones nervioso respecto de confrontar a alguien en tu vida. Ese nerviosismo te paraliza y empiezas a preguntarte por qué estás tan nervioso. Ahora te está poniendo nervioso el hecho de estar nervioso. ¡Ay no, doblemente nervioso! Ahora estás nervioso sobre tu nerviosismo, lo que te causa más ansiedad. ¡Rápido!, ¿dónde está el tequila?


O digamos que tienes un problema con el manejo de tu ira. Te molestan las cosas más estúpidas, las más insignificantes, y no tienes ni idea de por qué. Y el hecho de enojarte con tan facilidad propicia que te enojes aún más. Entonces, en tu ridículo enojo te das cuenta de que estar molesto todo el tiempo te vuelve una persona superficial y desagradable. Y lo odias, lo odias tanto que te enojas contigo mismo. Ahora mírate, estás enojado contigo porque te molesta estar enojado. Maldita pared, ten, un puño.


O quizás estás tan preocupado por hacer lo correcto todo el tiempo que te angustia lo mucho que esto te preocupa. O te sientes tan culpable por cada error que cometes que empiezas a sentirte culpable por sentirte tan culpable. O puede ser que te sientas triste y solitario tan a menudo que el solo pensarlo te hace sentir aún más triste y solitario.


Bienvenido al círculo vicioso del sobreanálisis. Muy probablemente te has encontrado en él varias veces ya. Quizá te encuentres ahí ahora mismo: “Caray, yo

sobreanalizo todo el tiempo. Hacerlo me convierte en un perdedor. Debería detenerme. ¡Dios mío, me siento tan perdedor por decirme perdedor! Debería dejar de considerarme un perdedor. ¡Diablos, lo estoy haciendo de nuevo! ¿Lo ven?, ¡soy un perdedor! ¡Argh!”


Si te importa un carajo sentirte mal, el círculo vicioso del sobreanálisis entra en corto circuito; te dices a ti mismo: “Me siento de la fregada, pero me importa un carajo. Y entonces llega el hada madrina de los carajos con su polvo mágico y dejas de odiarte por sentirte mal.


Nos reímos en las redes sociales de los problemas del primer mundo pero en realidad sí que nos hemos convertido en víctimas de nuestro propio éxito. Los problemas de salud derivados del estrés, los desórdenes de ansiedad y los casos de depresión se han disparado en los últimos 30 años, a pesar de que ahora toda la gente posee televisiones planas y recibe los productos del súper a la puerta de su casa. Nuestra crisis ya no es material; es existencial, es espiritual. Tenemos tantas porquerías materiales y tantas oportunidades que ya no distinguimos qué debe importarnos ni qué debe valernos un carajo.


El deseo de una experiencia más positiva es, en sí misma, una experiencia negativa. Y, paradójicamente, la aceptación de la experiencia negativa es, en sí misma, una experiencia positiva.


Es a lo que el filósofo Alan Watts se refería como “La Ley de la Retrocesión”, que presenta la idea de que mientras más persigas el sentirte bien todo el tiempo, más insatisfecho estarás; pues perseguir algo sólo refuerza el hecho de que careces de ello. Mientras más desesperado estés por hacerte rico, más pobre y más indigno te sentirás, independientemente de cuánto dinero poseas en realidad. Mientras más te desesperes por ser sensual y deseado, más feo te encontrarás, independientemente de tu apariencia física actual. Mientras más te desesperes por ser feliz y amado, más solitario y más asustado te encontrarás, sin importar quiénes te rodeen. Mientras más busques la iluminación espiritual, más egocéntrico y superficial te convertirás en tu intento por llegar a ese estado.


Ya sé lo que estás pensando: “todo esto me parece increíble pero, ¿qué hay del Mustang para el que he estado ahorrando? ¿Qué hay acerca del cuerpo esbelto por el que me mato de hambre? Después de todo, pagué mucho por esa escaladora elíptica. O, ¿qué hay de esa casa con vista al lago que he soñado? Si todo eso deja de importarme, entonces nunca lograré nada. No quiero que eso suceda, ¿o si?” Qué bueno que preguntas. ¿Te has dado cuenta de que a veces, cuando algo deja de importante tanto, sale mejor? Fíjate cómo, en ocasiones, la persona que menos se interesa en el éxito es quien lo logra. ¿Has notado cómo, a veces, cuando empieza a valerte un carajo, todo parece alinearse?


¿Qué sucede en esos casos? Lo que es interesante sobre la Ley de la Retrocesión — que dicho de otro modo sería como “Ley de la Inversión de las Cosas”—, es que habla de una “reversión”: que algo te importe un carajo trabaja al revés. Si perseguir lo positivo es negativo, entonces perseguir lo negativo genera lo positivo. Aquel dolor muscular que persigues en el gimnasio se cristaliza en mejor salud y energía. Los fracasos en los negocios son los que, al final, nos dejan un mejor entendimiento de lo que es necesario para tener éxito. Enfrentar tus inseguridades, paradójicamente, te hace más carismático y más confiado frente a los demás. El dolor que causa una confrontación honesta es lo que origina la mayor confianza y respeto en tus relaciones. Sufrir miedos y ansiedades es lo que te permite construir coraje y perseverancia.


Todo lo que vale en esta vida es ganado a través de superar la experiencia negativa asociada. Cualquier intento de escapar a lo negativo, de evitarlo, aplastarlo o silenciarlo sólo resulta contraproducente. Evitar el sufrimiento es una forma de sufrimiento. Evitar los problemas es un problema. La negación del fracaso es un fracaso. Esconder lo que causa pena o vergüenza es, en sí misma, una vergüenza.


El dolor es un hilo que forma parte de la tela de la vida e intentar separarlo no sólo es imposible sino destructivo: intentar arrancarlo también deshace todo lo demás. Pretender evitar el dolor es darle demasiada importancia; en contraste, si logras que el dolor te importe un carajo, nada podrá detenerte.


Que las cosas te importen un carajo es encarar, frente a frente, tus más difíciles y atemorizantes retos y, aun así, actuar.


Mira, esto funciona así: morirás algún día. Ya sé que es obvio, pero quería recordártelo en caso de que lo hubieras olvidado. Tú y todos los que conoces pronto estarán muertos. Y en el pequeño lapso entre ahora y ese momento hay un número limitado de cosas que deben importarte. Un número bastante limitado. Y si vas por la vida dándole importancia a todo y a todos, sin hacerlo conscientemente o por elección, bueno, acabarás jodido.


Hay un sutil arte de que las cosas te importen un carajo. Y aunque el concepto pueda parecer ridículo, hablo, en esencia, de aprender a concentrarte y priorizar tus pensamientos de manera efectiva: cómo elegir lo que vale para ti y lo que no te importa, con base en tus finamente pulidos valores personales. Esto es en extremo difícil; lograrlo requiere una vida de práctica y disciplina. Y fracasarás varias veces. Pero quizás es el esfuerzo más valioso que uno puede realizar en su vida.


Es tal vez el único esfuerzo que posee valor en la vida. Porque cuando todo te importa demasiado —cuando te importan todas las personas y todas las cosas—siempre te sentirás con derecho a estar cómodo y feliz en cualquier circunstancia; sentirás que todo debe ser exactamente y de la forma en la que lo quieres. Esto es una enfermedad. Y te comerá vivo.


Verás cada adversidad como una injusticia, cada reto como un fracaso, cada inconveniente como una ofensa personal, cada diferencia de opinión como una traición. Quedarás confinado a tu pequeño y ridículo infierno; arderás entre las llamas de tu derecho a ser feliz y de tu fanfarronería; darás vueltas como hámster en tu maldito círculo vicioso del sobreanálisis, siempre en movimiento pero sin llegar a ningún lado.


El sutil arte de que te valga un carajo


Cuando las personas —en su mayoría— aspiran a conseguir que las cosas les importen un carajo, asumen que deben adoptar una especie de serena indiferencia hacia todo, una calma que las ayudará a capotear las tormentas. Anhelan ser alguien que no se agita por nada y no cede ante nadie.


Existe un nombre para esa clase de gente que no encuentra emoción ni significado en nada: sociópata. ¿Por qué querrías emular a un sociópata? No tengo la más remota idea. Entonces, ¿qué significa que te importe un carajo? Revisemos tres sutilezas que ayudarán a clarificar el tema.


Sutileza número uno. Que algo te importe un carajo no significa ser indiferente; significa estar cómodo por ser diferente


Seamos claros: no hay absolutamente nada admirable ni denota confianza en ti mismo el ser indiferente. La gente indiferente es débil y está asustada. Son los típicos que trolean en internet y se la viven echados en el sofá. De hecho, la gente indiferente a menudo intenta ser así porque en realidad todo les importa demasiado. Les importa demasiado lo que los demás piensan de su pelo, así que mejor nunca se lo lavan. Les importa tanto lo que piensen de sus ideas que mejor se esconden detrás del sarcasmo o de comentarios maliciosos y de falsa superioridad moral. Tienen temor de dejar que los demás se acerquen a ellos, así que se imaginan como seres especiales, copos de nieve únicos con problemas que nadie, jamás, podría comprender.


A las personas indiferentes les da miedo el mundo y las repercusiones de sus propias decisiones. Por eso no toman ninguna decisión importante. Se esconden en un pozo gris y carente de emociones; sienten autocompasión y sólo se concentran en ellos mismos, perpetuamente; se distraen de esta desafortunada cosa llamada vida que demanda su tiempo y su energía.


Aquí tenemos una verdad escurridiza sobre la vida. No existe eso de que todo te importe un carajo. Algo debe importarte. Es parte de nuestra naturaleza el que algo nos mueva y, por lo tanto, nos importe. La pregunta entonces es: ¿qué debe importarme? ¿Qué decidimos que nos importe? ¿Y cómo puede valernos un carajo lo que, ultimadamente, no importa?


La sutileza de que todo te importe un carajo, no significa que no te importe nada, si no, que no te importe todo. Hablo de las personas a las que no les importa un carajo la adversidad o el fracaso o hacer el ridículo o ensuciar la cama a veces, esa es la gente que sonríe y sigue trabajando por lo que cree. Porque ellos saben que están en lo correcto, saben que es más importante que ellos mismos, más importante que sus propios sentimientos, sus propios orgullos y egos. Ellos no dicen “Me vale un carajo” a todo en la vida, sólo a lo que no es importante. Reservan la importancia para lo que de verdad posee valor. Amigos. Familia. Propósitos.


Aquí radica otra de esas verdades escurridizas de la vida. No puedes ser una persona importante —de esas que cambian la vida de los demás— sin ser, al mismo tiempo, una burla y una vergüenza para otras.

Sutileza número dos. Para que te importe un carajo la adversidad, primero debe importarte algo más importante que la adversidad.


Imagina que estás en el supermercado y de pronto una mujer de edad avanzada que se halla en la fila para pagar comienza a gritarle al cajero por no aceptar su cupón de 50 centavos. ¿Por qué le importa tanto a esta mujer? Sólo son 50 centavos. Te diré por qué:


Probablemente esta mujer no tiene nada mejor qué hacer con sus días que sentarse en su casa y recortar cupones. Es vieja y está sola. Sus hijos son unos desagradecidos que nunca la visitan. No ha tenido relaciones sexuales en más de 30 años. No puede expulsar un gas sin que le duela la espalda. Su pensión le alcanza para lo mínimo y quizá morirá con un pañal puesto pensando que está en una inmensa tienda de dulces.


Así que se dedica a recortar cupones. Es todo lo que tiene: sólo ella y sus malditos cupones. Es todo lo que le importa porque no hay nada más a qué darle importancia.


El problema de la gente que anda por la vida dándole importancia a todo y a todos es que llega un punto en que se comieron toda la bolsa de palomitas y no les queda nada realmente valioso a qué darle importancia.


Alguna ocasión escuché a un artista decir que cuando una persona no tiene problemas, en automático la mente encuentra una forma de inventar alguno. Me parece que mucha gente —en especial la mimada, de clase media y educada— considera que los “problemas de la vida” son simples efectos colaterales de no tener algo más importante de qué preocuparse. Entonces sucede que hallar algo importante y significativo en tu vida es quizás el uso más productivo de tu tiempo y tu energía. Porque si no hallas ese algo que te sea significativo y valioso, siempre terminarás dándole importancia a las causas frívolas y sin sentido.


Sutileza número tres. Te des cuenta o no, siempre estás eligiendo qué es importante para ti.


La gente no nace con la habilidad de que las cosas le importen un carajo. De hecho, nacemos dándole importancia a demasiadas cosas.


Cuando somos jóvenes, todo es nuevo y emocionante, y todo parece importar mucho. Nos importan todo y todos: lo que la gente dice de nosotros, si ese chico o esa chica nos llamará, si nuestros calcetines combinan o de qué color es nuestro globo de cumpleaños.


Conforme nos hacemos mayores, con el beneficio de la experiencia (y habiendo visto tanto tiempo pasar), empezamos a darnos cuenta de que la mayoría de estas cosas tiene un impacto mínimo y pasajero en nuestras vidas. Aquellos cuya opinión nos importaba tanto, ya no están presentes en nuestra vida, y los rechazos que resultaron dolorosos en su momento, en realidad fueron lo mejor que nos sucedió. Comprendemos la poca atención que la gente le da a los detalles superficiales sobre nosotros e incluso nosotros mismos decidimos no obsesionarnos demasiado con ellos.


En esencia, nos volvemos más selectivos sobre las cosas que nos importan. Esto es algo llamado madurez. Es interesante, deberías probarla alguna vez. La madurez es lo que ocurre cuando uno aprende a darle valor a lo que en realidad importa.




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